Retiro De Cuaresma 2024
Retiro De Adviento 2024
23 de Diciembre, 2024
El pasado sábado 30 de Noviembre tuvo lugar el Retiro de Adviento que el Movimiento de Cursillos de la Diócesis de Getafe organiza cada año para poder vivir bien ese tiempo litúrgico que nos prepara para celebrar bien la Navidad.
La cita tuvo lugar en la Casa de Espiritualidad Villa San Pablo, sita en el barrio de Carabanchel de la ciudad de Madrid.
Allí nos reunimos más de 60 personas que abrimos nuestro corazón y nuestra mente para recibir las meditaciones que impartió el sacerdote don Javier Merino, vicario de la parroquia San Eugenio de Leganés.
Don Javier comenzó resaltando lo necesario de estos retiros y ejercicios espirituales para no «apagar el Espíritu», como nos aconseja San Pablo en 1Ts 5-19.
En el Adviento, nos dijo, debemos tomar ejemplo de San Juan Bautista, sacerdote por nacimiento, pues su padre lo era, el especialista en preparar la llegada del Señor.
El recuerdo y el juramento viven juntos: Zacarías, su padre, quiere decir «Dios ha recordado» y su madre Isabel, quiere decir «Dios ha jurado».
Son justos, pero no tiene hijos: como el Pueblo de Israel, estéril e incrédulo.
A ese Pueblo, que había recibido la Ley, es a donde viene el Mesías, que es la Gracia y la Verdad.
El templo de Dios, hasta ahora vedado al pueblo, se abre para todos a través del costado herido de Cristo, cuyo Cuerpo es el verdadero Templo.
El Bautista, con el espíritu y poder de Elías (profecía de Malaquías), con su bautismo de arrepentimiento, prepara al pueblo para la venida de Cristo, que bautizará con el Espíritu Santo, haciéndonos familia de Dios.
Y donde Zacarías falló, incrédulo ante la Palabra del Angel, María cree y da un sí total a los planes de Dios («hágase en mí según tu Palabra»).
Y sale a ayudar, sin que se lo digan, a su prima Isabel: el sí al Señor implica un ir hacia los hermanos a servirlos, sin esperar a que nos lo pidan.
Porque la procrastinación (posponer la acción) nos lleva a la tibieza espiritual.
Ser apóstol implica llevar una Presencia, como María lleva a Cristo en su seno, el Enmanuel, el «Dios con nosotros», el Dios que debemos llevar a todos sus hijos.
San José duda si aceptar a María… o tal vez duda de si él está a la altura de la misión que Dios le pide: ser el protector de María y del Hijo de Dios.
Algo que también nos puede pasar a nosotros. ¿Somos dignos? ¿Valemos para el apostolado?
Pero a nosotros también nos tranquiliza el Angel, y, como a José, nos dice «no temas en aceptar a María y al Niño concebido por el Espíritu Santo».
María es «la creyente», y eso la hace digna de ser la Madre de Dios. Siguiendo el ejemplo de María, creamos confiadamente en el Señor, y eso nos hará dignos de llevarLe a los demás.
En Adviento, debemos pedir al Señor que nos conceda (siendo conscientes de que lo puede todo) el deseo de encontrarnos con El, de buscarle siempre.
¿Cómo? A través de la esperanza de saber que «ya viene» y mediante las buenas obras que realicemos, compartiendo el amor y la fe, que es la manera de acrecentarlos.
Por eso, el deseo de encontarnos con Jesucristo no es pasivo, sino activo, porque se basa en buscarle en la oración, los sacramentos, en los hermanos, y sirviéndoles y compartiendo con ellos nuestra vida.
Porque en la vida espiritual, el que se para, retrocede. De ahí que la vida del cristiano sea un peregrinar (parroquia quiere decir albergue de peregrinos), donde le decimos a Dios:
Señor Jesucristo, con tu gracia caminaré por Ti hacia el Padre, a impulsos del Espíritu Santo,con la ayuda de María y de todos los Santos, de la mano de mis hermanos.
Y por eso debemos pedirle al Padre que no permita que las visicitudes de la vida nos separen del deseo de buscar a su Hijo, y que nos guíe hacia a El con su sabiduría.
Porque la vida muchas veces nos agota y nos quita la paz y las ganas; porque la rutina nos insensibiliza, nos acostumbra a estar sin Dios.
Poseer, poder y placer, las tres «p» contra las que tenemos que luchar, desapegarnos de ellas, avivando el deseo de seguir a Cristo y de servir a los hermanos con buenas obras.
Pero hay que educar el deseo, desear lo bueno. Y lo bueno es Jesucristo: no nos conformemos con menos.
Vivir en pecado es contentarse con sucedáneos.
Hay que decidirse a seguir a Jesús, ser valientes y permanecer deseando.
Al menos desear desear, y pedir tener ese deseo.
No venirse abajo si el Señor demora su contestación: el deseo ensancha el corazón para que podamos abarcar el don que Dios quiere darnos, que es El mismo.