Y a pesar de todo esto me sigues queriendo

Y a pesar de todo esto me sigues queriendo

17 de abril, 2020

(En este tiempo de cuarentena, donde tanto echamos de menos los sacramentos, en especial el de la Eucaristía, os traemos el testimonio de un hermano, que prefiere velar su nombre, sobre esta enormidad que es comerse a Dios)

Hace mucho tiempo que quiero hablar contigo, decirte lo que ronda en mi cabeza, lo que siente mi corazón cada vez que pienso en la Eucaristía: ¿por qué siendo posiblemente el acto más grande que pueda imaginar, no soy capaz de apreciarlo como tal?

Me duele pensar en el distanciamiento tan grande que existe entre la magnanimidad del acto y la vileza con la que yo lo aprecio.

Tú, que te despojaste de toda grandeza cuando el mundo te recibió, que no quisiste mostrar toda tu potencia en el momento de la Pasión, cada día vuelves a manifestar tu suprema humildad, y sin embargo yo tropiezo en la misma piedra de no apreciarlo como les pasó a mis hermanos en tus tiempos.

Cualquier autoridad en un acto público rodea de pompa el momento para que la admiración hacia su persona sea aún mayor o, al menos, para demostrar ese distanciamiento entre él y el resto de las personas que le van a recibir. Y tú, sin embargo, vienes cada día a nuestro encuentro de una forma tan pequeña y delicada que mis ojos no son capaces de ver la grandeza del momento.

Me apena recordar cada momento en el que estando en la fila para recibir la Comunión mis pensamientos volaron hacia otro lugar; me apena recordar las veces que he estado en la fila esperando a recibirte como quien esperaba en la fila del mercado (sin nada que pensar); me apena cada día pasado que no me he emocionado por recibir en mis labios ese “beso” tuyo.

¿Por qué somos tan necios los humanos de apreciar sólo aquello que realmente es ordinario, y no aquello que ordinariamente es real?

Nos ponemos nerviosos cuando sabemos que vamos a conocer personalmente a nuestro personaje favorito; nos emocionamos y se nos eriza la piel cuando besamos por primera vez a nuestro ser amado; nos llegamos a pegar por tocar una figura policromada que te representa… Y, sin embargo, ¿qué me ocurre cuando te voy a recibir en la Comunión?

Seguramente todo esto viene provocado porque no termino de “verte”, porque no termino de creer que verdaderamente tu cuerpo y tu sangre son las que están ahí.

Porque de no ser eso, me entristecería pensar que es porque realmente no te quiero como creo. Pero esto último no es posible, pues desde que te conocí en mi Cursillo mi amor por ti no ha hecho sino aumentar. Quizá esta ceguera sea un acto tuyo para que no me sea fácil perseverar en mi fe.

Si en verdad pudiera ver con mis ojos aquello que dice tu Palabra, se borrarían de un plumazo todos estos pensamientos.

Si fuera consciente de que la carne que van a tocar mis labios es exactamente la misma que fue magullada y humillada en la Pasión por amor a mi, no tendría esa sensación de normalidad en mi interior.

Si verdaderamente tomara conciencia de que esa carne que voy a comer es la misma a la que pidió el centurión que sanara a su siervo desde la distancia, no estaría esperando mi turno para recibirte como en el mercado.

Si ciertamente fuera capaz de verte en persona en ese mismo instante, entonces entendería porqué la hemorroísa se conformaba con tocar tu manto.

Ojalá este tiempo de cuarentena, en el que no te puedo tocar, me sirva para interiorizar la sacralidad del momento que viviré en cada una de las Eucaristías que me quedan.

Señor ábreme los ojos en cada Eucaristía, haz que realmente sea consciente de que estás cada día ahí en persona. Aunque, ciertamente, yo no soy quien para tentarte y pedirte nada, sólo quiero expresar mis ansias y deseos. Pues la verdad es que tú ya has efectuado muchos milagros eucarísticos para que, aquellos hermanos míos en la fe, vieran que esto que dices es absolutamente cierto (milagros eucarísticos como el de Zamora, el de Siena…). Incluso, me debo considerar un afortunado por tener cerca el prodigio eucarístico en Moraleja de Enmedio.

En verdad creo que yo no debería reclamarte más signos eucarísticos, sino simplemente pedirte que se me caiga la venda de los ojos y agradecerte tu presencia en mi vida, pues a pesar de todo esto me sigues queriendo.